jueves, 19 de enero de 2012

Cuarenta y dos

Él estaba hasta la chingada de ella. De sus lloriqueos, de sus pendejadas. A pesar de eso no había forma en que pudiera justificar su red de infidelidades. Estaba igual con todo, con aquello que le representaba y con todo aquello que no le importaba. Era como si el mundo el entero le dijera que no tenía nada qué hacer. Mejor matarse.

miércoles, 4 de enero de 2012

Cuarenta y uno

Ella creía que su esposo era un débil. Hace recuentos de las veces que se lo dijo y también de las veces que lo creyó, de las veces que estaba segura que era un pendejo, bueno para nada, todo después de años de casados. Y él tan encerrado, sin decir nada, ni siquiera se pasaba por la computadora para otra cosa que no fuera trabajar. Salía de la ciudad y del país cada mes, sin descanso, el bueno para nada, eso creía ella. Investigaciones caseras hasta arruinarse el caso con un suicidio visto en vivo.