miércoles, noviembre 25, 2009

La tetera

Hans Christian Andersen

Érase una vez una tetera muy arrogante; estaba orgullosa de su porcelana, de su largo pitón, de su ancha asa; tenía algo delante y algo detrás: el pitón delante, y detrás el asa, y se complacía en hacerlo notar. Pero nunca hablaba de su tapadera, que estaba rota y encolada; o sea, que era defectuosa, y a nadie le gusta hablar de los propios defectos, ¡bastante lo hacen los demás! Las tazas, la mantequera y la azucarera, todo el servicio de té, en una palabra, a buen seguro que se había fijado en la hendedura de la tapa y hablaba más de ella que de la artística asa y del estupendo pitón. ¡Bien lo sabía la tetera!

«¡Las conozco! -decía para sus adentros-. Pero conozco también mis defectos y los admito; en eso está mi humildad, mi modestia. Defectos los tenemos todos, pero una tiene también sus cualidades. Las tazas tienen un asa, la azucarera una tapa. Yo, en cambio, tengo las dos cosas, y además, por la parte de delante, algo con lo que ellas no podrán soñar nunca: el pitón, que hace de mí la reina de la mesa de té. El papel de la azucarera y la mantequera es de servir al paladar, pero yo soy la que otorgo, la que impero: reparto bendiciones entre la humanidad sedienta; en mi interior, las hojas chinas se elaboran en el agua hirviente e insípida.

Todo esto pensaba la tetera en los despreocupados días de su juventud. Estaba en la mesa puesta, manejada por una mano primorosa. Pero la primorosa mano resultó torpe, la tetera se cayó, se rompió el pitón y se rompió también el asa; de la tapa no valía la pena hablar; ¡bastante disgusto había causado ya antes! La tetera yacía en el suelo sin sentido, y se salía toda el agua hirviendo. Fue un rudo golpe, y lo peor fue que todos se rieron: se rieron de ella y de la torpe mano.

-¡Este recuerdo no se borrará nunca de mi mente! -exclamó la tetera cuando, más adelante, relataba su vida-. Me llamaron inválida, me pusieron en un rincón, y al día siguiente me regalaron a una mujer que vino a mendigar un poco de grasa del asado. Descendí al mundo de los pobres, tan inútil por dentro como por fuera, y, sin embargo, allí empezó para mí una vida mejor. Se empieza siendo una cosa, y de pronto se pasa a ser otra distinta. Me llenaron de tierra, lo cual, para una tetera, es como si la enterrasen; pero entre la tierra pusieron un bulbo. Quién lo hizo, quién me lo dio, lo ignoro; el caso es que me lo regalaron. Fue una compensación por las hojas chinas y el agua hirviente, por el asa y el pitón rotos. Y el bulbo depositado en la tierra, en mi seno, se convirtió en mi corazón, mi corazón vivo; nunca lo había tenido. Desde entonces hubo vida en mí, fuerza y energías. Latió el pulso, el bulbo germinó, estalló por la expansión de sus pensamientos, y sentimientos, que cristalizaron en una flor. La vi, la sostuve, me olvidé de mí misma ante su belleza. ¡Dichoso el que se olvida de sí por los demás! No me dio las gracias ni pensó en mí; a él iban la admiración y los elogios de todos. Si yo me sentía tan contenta, ¿cómo no iba a ser ella admirada? Un día oí decir a alguien que se merecía una maceta mejor. Me partieron por la mitad; ¡ay, cómo dolió!, y la flor fue trasplantada a otro tiesto más nuevo, mientras a mí me arrojaron al patio, donde estoy convertida en cascos viejos. Mas conservo el recuerdo, y nadie podrá quitármelo.

sábado, noviembre 21, 2009

Cuando comenzamos a nacer


Cuando comenzamos a nacer,
la mente empieza a comprender
que vos sos vos y tenér vida.
Que poca cosa es la relidad
mejor seguir, mejor soñar
que lo que vale no es el día.
Pero el sol está,
no es de papel, es de verdad.

Tenés una boca para hablar
y comenzás a preguntar
y conocés a la mentira.

Con tus piernas vas a caminar
y te comienzan a encerrar
y te quedás con tu rutina.
Y qué vas a hacer?
Uno se cansa de correr.

Llenas tus valijas de amor y te vas
a buscar el cuerpo de una mujer
y descubrís que amar es más que una noche y juntos ver amanecer.

Poco a poco vos te conformás
si no es amor es tuya igual
y vos le das lo que te pida
pero si te ofrecen el final dirás:
igual me he de quedar,
porque soy yo, porque es mi vida.

Charly García

martes, noviembre 17, 2009

Contraley



Eres mi abrigo de invierno
los cielos se agitan de frío
guardo esperanza en el saco
y unos terrones de azúcar.

Llegas como una princesa
ante su príncipe vago
ardo en la luz de tu boca
oigo Rapsodia en azul,
juntos el uno en el otro con las ventanas abiertas.
¿Cómo serían las ciudades en otra vida?
¿Cómo serían las ciudades en otra vida?

¿Dónde nos ha llevado nuestra forma de ser,
muestra callada locura nuestro mágico ayer?
Baila conmigo en el patio al amanecer
bajo este pelo de lluvia y contraley.
Bajo este pelo de lluvia y contraley.

Eres mi amiga de invierno
trae tu verdad a mi cama
salva mi vida esta noche
sálvame a mí de mi alma.

Henos aquí tan brutales
como dos perros fumando
dándole origen al fuego
con el ardor del amor.

Y aunque seamos tristes
siempre soñamos despiertos
como dos niños corriendo tras un buen día.
Como dos niños corriendo tras un buen día.

¿Dónde nos ha llevado nuestra forma de ser,
muestra callada locura, nuestro mágico ayer?
Baila conmigo en el patio al amanecer
bajo este pelo de lluvia y contraley.
Bajo este pelo de lluvia y contraley.

José Cruz
la canción

domingo, noviembre 01, 2009

Tzompantli


El tzompantli era un altar donde se colocaban los cráneos de los sacrificados, generalmente cautivos de guerra, con el fin de honrar a sus dioses, y era la manifestación más evidente del control político-religioso que ejercían los mexicas.

domingo, octubre 25, 2009

Penthouse:

Ático, generalmente lujoso. Lo que nadie ve, que muchos desean...

domingo, octubre 11, 2009

Pequeñísima teoría sobre los número y las letras (digamos que en realidad es el inicio de una hipótesis)


para C

A veces dividir 36 entre 1 da 72, otras da 24, incluso puede dar 7 u 8. Cuando se multiplica 1 por 1 de igual forma puede dar 72, y puede dar, en otro momento, 61 (ó 69). Al final los números son números, pueden tener sentido, no son como las letras y las palabras, no sé puede cambiar un acento de lugar, el pasado podría pasar a presente o desaparecer, sin embargo las circunstancias, sobre los números y las letras, vienen a ser la misma.

(continúa)

Mantis

domingo, septiembre 27, 2009

Sobre la peste

Entré a la iglesia para escapar de dos hombres que me perseguían. Adentro todas las luces estaban encendidas, no estaba en mis cinco sentidos y no podía reconocer la iglesia, no recordaba haber estado ahí nunca antes. El lugar se extendía y era difícil reconocerle final, más adelante parecía que había un desnivel. Volteé hacia arriba y me fue imposible ver el techo, después de los candelabros, me pareció que iluminaban tres veces más que los normales, no podía distinguir el techo. Al regresar la mirada al suelo me quedaba encandilado unos segundos. Caminé. Bajé las escaleras que igualmente me parecieron de dimensiones mayores e imposibles de estar a la mitad de la ciudad. Continué bajando y arriba continuaba existiendo una hilera de luz tan intensa que era preferible continuar viendo el piso y aún así llegaba a lastimar los ojos. Cuando los escalones se terminaron no estaba seguro si había luz o oscuridad, era difícil acostumbrarme y caminé sin estar seguro de dónde pisaba. Mis ojos se fueron acostumbrando a la luz y el piso me era familiar, alcé la mirada y aunque no distinguía el techo no me parecía excesiva la luz. Me sentí más tranquilo en ese lugar. De lado derecho parecía terminar la pared, con el tacto la fui siguiendo hasta el fin para darme cuenta que lo que había terminado era un pasillo y entré a un lugar enorme en que a lo lejos distinguí primero unas escaleras y antes a ellas personas que parecían acomodadas como en un tablero de ajedrez y cada uno manteniendo al centro de su cuadrante. Un patio interno enorme. No escuché sonido alguno. Me aproximé. Lo primero que pude distinguir es que en su mayoría se encontraban desnudos o cubiertos sólo con pedazos de tela que le hacían de taparrabos. Caminé más despacio y me fue posible distinguir un pequeño bullicio, apenas perceptible. Sentí un vacío en el estómago, el ambiente se sentía pesado y descubrí entonces que entre ellos y yo había un poco de niebla que parecía salir de una coladera. Pasando esa zona, que tal vez cubría unos cuatro metros, la primera imagen de aquello fue tormentosa: A unos tres metros de mí estaba el hombre que hacía esquina en ese tablero gigantesco de hombres; distinguí una cruz de madera, en la que un hombre estaba crucificado, pero que desclavaba y volvía a clavar ambos brazos, volví al primer hombre que tenía frente a mí, tenía un tronco de aproximadamente un metro de altura, de su cadera salían clavos de por lo menos quince centímetro que clavaba y desclavaba al tronco, en su espalda se distinguían las otras puntas de los clavo, escurría sangre por los cuatro orificios y su cara estaba desfigurada, las manos también estaban llenas de sangre y en general todo su cuerpo parecía en descomposición. A cada movimiento de cadera en el que se enclavaba al tronco repetía una frase que respondía al jalarse que no pude distinguir. Su mirada estaba en el tronco, jorobado sobre él y en ningún momento, mientras lo observaba detenidamente y casi asqueado se detuvo o cortó el ritmo. Levanté la mirada, hasta ese momento logré percibir a plenitud la imagen aquella: el siguiente hombre tenía en la espalda una especie de garrote metálico irregular de su misma altura que sostenía con ambos brazos en su espalda y que lograba azotar contra su cuerpo y volver a levantarlo y de nuevo contra su cuerpo. Después había un hombre con un tablón de madera más alto que él y a la altura de su pulmón derecho tenía incrustada una estructura metálica con la que igualmente se unía y desunía del tablón, pero éste, a diferencia de los anteriores, de su boca salía la punta de una cuerda de seis o siete centímetros de diámetro que estaba anudada y que parecía salirle, del otro lado, a la altura de la nuca, también repetía algo, pude distinguir solamente “…por que yo soy…”, fue el único que volteó a verte y cuando lo hizo un brazo se le desprendió, cerró los ojos acompañados de una cara de fastidio y volvió a lo suyo.

La vejez del Ángel

Para Marco Antonio Campos

MI ÁNGEL de la guarda
Envejece sin pudor.

Llega a casa a tropezones,
Con un ala ennegrecida
Por el humo fabril.

Lo veo sentado en la escalera
Brillando su aureola
Tiznada de tanto anochecer.

Como un abuelo presuntuoso
Bajo el cobijo de una manta de lana,
Lee un libro en la lengua de Job
Y humece la suya en una copa de jeréz.

Se ha hecho mundano mi ángel,
Me dobla en edad
Y es un tanto sibilino.

Tras sus cortas expediciones
A los barrios del Sur,
Vuelve a casa, interior 101
De una emboscada soledad.

Me conmueve saber que envejece su luz.

Se ha vuelto quebradizo y huraño,
Duerme mal y juega al solitario
Pero es aventurado
Decir que padece nostalgias del Edén.

Ahora soy quien lo bendice
Cuando sale de casa
Y camina entre acehanzas.

Lo bendigo como a un hijo,
No sea que encuentre en el camino
La trampa de una iglesia
O tenga que cruzar
Frente al cepo de un cuartel.

Juan Manuel Roca

jueves, septiembre 17, 2009

Mi Principio

Joselo Rangel

Un día me voy a ir
Y no volveré jamás
Prefiero la soledad
A vivir sin mi verdad.

Un día me voy a ir
Seguro me extrañarás
Como el ave de ciudad
Se va buscando la mar.

Porque al final
Aunque esté feliz aquí
Debo emigrar
A un lugar lejos de aquí
No me entiendas mal
Que no es cosa de los dos
Parece el final, pero es mi principio.

Un día me voy a ir
y no volveré jamás.
Prefiero la soledad
A vivir sin mi verdad.

Porque al final
Aunque esté feliz aquí
Debo emigrar
A un lugar lejos de aquí
No me entiendas mal
Que no es cosa de los dos
Parece el final, pero es mi principio
No me entiendas mal
que no es cosa de los dos
Parece el final, pero es mi principio.

Un día me voy a ir
Y no volveré jamás
Prefiero la soledad
A vivir sin mi verdad.

Sin mi verdad
Sin mi verdad.

domingo, septiembre 13, 2009

Recuerdo perdido

Puedo llegar a ser la perfecta maravilla que
entra por tu vida, puedo aspirar a ser el
perfecto recuerdo perdido que alguna vez te conocí.

Puedo llegar a ser la mujer que cambió tu vida
mas no era buena para ti, puedo aspirar a ser
para ti un tiempo perdido pero se perdona pues
ya terminó.

Pero debo confesarte que estar aquí contigo es
mejor que cualquier recuerdo que puedo yo cargar,
debo confesarte que vivir esto contigo es mejor
que cualquier mirada que
puedo yo cargar, cargar.

Puedo llegar a ser vaga sensación de pérdida
sin reconocer, puedo aspirar a ser el perfecto
recuerdo perdido que alguna vez te conocí.

Pero debo confesarte que estar aquí contigo es
mejor que cualquier recuerdo que puedo yo cargar,
debo confesarte que vivir esto contigo es mejor
que cualquier mirada que puedo yo cargar, cargar.

Tan fácil se nos hace decir que esto termina,
que fue sólo un error, hasta podríamos decir
la despedida con una breve sonrisa al salir.

Pero debo confesarte que estar aquí contigo
es mejor que cualquier recuerdo que puedo yo
cargar, debo confesarte que vivir esto contigo
es mejor que cualquier mirada que puedo yo cargar,
cargar.

Julieta Venegas

martes, agosto 18, 2009

SAY NO MORE

lunes, agosto 17, 2009

Ginecólogo

Rodolfo y Otilia estaban en la sala de espera del ginecólogo esperando turno, aunque no estaban tomados de la mano era fácil notar que eran la única pareja en ese lugar. Días antes, cuando le mencionaba a Otilia que algunos hombre sienten celos inexplicables del otro hombre que puede ver desnudas a las parejas e incluso meter mano sin pedir permiso, ella recordaba que tenía cita pronto y no hizo más Rodolfo que insistir en ir, a cualquier costo, le interesaba desesperadamente y ella sin darle importancia dijo que sí. Era la primera vez para los dos, verse en un lugar así, ella con una pareja y para él de forma general y amplia, no sabía ni que es lo que pasaba después de la puerta; se mantuvieron en silencio mientras les daban turno. Le importó mucho a Otilia la situación cuando se acercaba su turno, cuando presentía que estaba la enfermera por decir su nombre y se tendría que levantar, tal vez tomada de la mano de él, y dirigirse a hacía el consultorio al que pocas veces había entrado acompañada, y sólo con su madre la primera vez y con alguna amiga las demás; era más de lo que deseaba por el momento con él, alguna vez dijo que cuando una pareja tiene el suficiente tiempo no existen secretos entre ellos, pero ni tenían tanta confianza ni tanto tiempo ni era un secreto lo que pasaba allá adentro. La enfermera salió acompañando a la paciente anterior y le indicó que era su turno a Otilia, que naturalmente le dijo a Rodolfo que en un momento salía. Enojo y fastidio. Ella entró, triunfante y odiándolo un poco, ¿por qué mejor no le pedía a su madre acompañarla? Dentro del consultorio todo se sucedía de forma normal: las preguntas de siempre fueron contestadas con naturalidad y sin sobresalto, vida activa, sí, relaciones sexuales de alto riesgo, no –aunque le hubiera gustado decir que sí e indicarle a la enfermera que afuera estaba el extraño con el que tuvo relaciones y que hacía poco le había brotado un salpullido en toda la zona genital, pero se contuvo. […] El doctor Barbosa era el ginecólogo de muchas de las amigas de Otilia, no porque lo hubiera recomendado, sino que como sucede con el periodo que se va mimetizando, parece que las mujeres que están cercas también en eso apuntan a la misma dirección, y era el ginecólogo de toda la vida de su madre y de sus hermanas. Hasta ese día que sólo era un cuerpo al que le daban instrucciones, que pensaba en Rodolfo afuera, molesto, mientras le revisaban los senos se dio cuenta que las manos que la tocaban estaban mucho más cuidadas que las suyas, pensó en todo lo que había pasado ese día, lo que esas manos habían tocado ese día y las veces anteriores. Eran unas manos delicadas, limpias, hidratadas, suaves al tacto y con las uñas perfectas, sin rastros de cicatrices o defectos fácilmente visibles. No podía dejar de ver las manos, de imaginar caricias de una hora. La enfermera percibió algo y le preguntó si se sentía bien, si se sentía incómoda o si pasaba algo. Volvió del trance de un golpe y dijo nada nada. Pero no dejaba de ver las manos y pensar en ellas, le daba pena que le viera las manos ahora el doctor y las ocultaba, con los senos al aire y erectos y con piel de gallina en todo el cuerpo que era visible en ese momento. Un rato después estaba vestida frente al doctor, con las manos dentro de las bolsas de un suéter y los ojos en las manos de él, casi profanándolas. Se despidieron, por primera vez sin estrechar las manos ni enviarle saludos a la madre de Otilia. Salió junto con la enfermera, pagó la consulta y se le programó la siguiente, aunque sabía que no iría y hasta ese momento volvió a ver a Rodolfo que sucumbía a las revistas para mujeres y sus recomendaciones para relaciones duraderas y los secretos para la intimidad. Lo golpeó suavemente en dos ocasiones y le hizo una seña para salir de ahí. Le dijo muy bajo ya. Afuera, Rodolfo preguntaba sobre cómo le había ido, qué había pasado, qué novedades había y ella respondió Las manos del doctor; no terminó de responder cuando mostraba cara de sorpresa y repetía Las manos del doctor, Es que son hermosas, ¿Las manos del doctor?, Sí Preciosas Creo que nunca las había visto, ¿Te tocó?, La mayoría de los ginecólogos son eso para tocar a las mujeres Rodolfo Pero a tu pregunta No No me hizo nada fuera de lo normal.

domingo, julio 26, 2009

Oye, mi amor

Oye, mi amor. Tal vez me comprendas en tus sueños, tal vez tu cuerpo se libere de la ironía para conmigo y me quiera, tal vez tus párpados, ahora suaves, se entremezcan si digo cómo me gustaría que me tocases y me dejases tocarte, tal vez me acerques el vellón de pelo de tu vientre, y las rodillas se abran despacio sobre una húmeda, lisa, tierna blandura de gruta que aprisiona mi deseo con una firmeza de nácar.

António Lobo Antunes
Del libro El orden natural de las cosas

domingo, julio 19, 2009

Somos (fragmento)


Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos.

Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida.

Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados.

Chuck Palahniuk
Lo publicó Caín